El curioso caso de Benjamin Button
Por mucho que uno quiera tener cierta equidistancia de entrada hacia lo que va a ver (ya sea una película, una teleserie o la creación audiovisual que cada cual prefiera) todos tenemos debilidades, tanto para mal (de lo que ya os hablé el otro día), como para bien, que será lo que hoy nos ocupe. En algunos casos es el género, en otros los actores presentes o cualquier factor de mayor o menor importancia. Pues bien, en el caso del cine norteamericano actual con aspiraciones masivas yo siento una adoración plena hacia Christopher Nolan (tan sólo su cortometraje Doodlebug me resulta prescindible pese a mostrar en escasos minutos lo que será la gran obsesión temática de todos sus largometrajes hasta la fecha) y David Fincher (en este caso la relativa excepción sería Alien 3, donde acabó tan a disgusto que casi no volvió a dirigir película alguna por la experiencia vivida). Podéis compartir o no estos gustos míos, pero he considerado pertinente hacer esta aclaración pues lo que hoy toca comentar es El curioso caso de Benjamin Button, el nuevo trabajo de Fincher tras lograr un acojonante nivel de madurez en la dirección (no me cuesta nada aceptar las voces de aquellos que critican la película, pero el trabajo de Fincher me resulta intachable lo mire como lo mire) con Zodiac. El gran temor de muchos es que en la cinta que nos ocupa optaba por desmarcarse completamente de las coordenadas habituales de su cine y ofrecernos algo distinto, y todos sabemos que los cambios drásticos a veces no son bien aceptados y si encima es para hacer un filme de tono amable las alarmas se disparan. ¿Ha logrado el apóstol Fincher otro milagro en forma de película? La respuesta a continuación.
Coincidiendo con el final de la I Guerra Mundial una mujer muere dando a luz a su hijo. Hasta aquí todo es más o menos normal (no hay que olvidar que entonces la medicina estaba pelin menos avanzada que ahora), pero ya no lo es tanto que el bebé cuente parezca el monstruo de un hombre de 100 años atrapado en ese minúsculo cuerpecito. El padre, asustado y aún rabioso por la muerte de su mujer, decide abandonarlo y pasa a ser adoptado por una pareja de color que trabaja en una residencia de ancianos a la que no le importa el chocante aspecto físico del bebé. Allí le será difícil encontrar amistades, ya que el lugar viene a ser una especie de estación de paso a la muerte y Benjamin rejuvenece en lugar de hacerse más viejo, lo cual dificulta hacerse amigo de otros niños. Finalmente hace buenas migas con Daisy, la nieta de una de las que viven allí a la que no parece importarle las diferencias físicas (diría que de edad, pero es que sería mentir) entre ellos y surgen los primeros síntomas de la historia de amor más enrevesada (o de las que más, no me olvido de la absurda del flojísimo remake de King Kong). Sin embargo, una persona tan especial como Benjamin Button no está destinada a pasar sus días en un lugar tan mundano como una residencia de ancianos, por lo que un buen día pasa a formar parte de la tripulación del barco remolcador como el comienzo de su excitante y singular periplo vital. Para conocer el resto de fascinantes eventos de su vida espero veros a la cola del cine cuando vaya a revisionarla quizá el mismo día de estreno.
Uno de los principales comentarios-prejuicios a priori (vamos, el criticar algo sin tener ni idea de lo que realmente es) son las aparentes semejanzas entre esta película y la apreciable Forrest Gump por tres detalles esenciales: El
recorrido que hace El curioso caso de Benjamin Button a lo largo de la historia americana del siglo XX, el protagonismo de un personaje extremadamente singular (con historia amorosa incluida) y el contar ambas con un guión firmado por Eric Roth. ¿Tienen fundamento o al menos realmente el suficiente para atacar (que para eso han sido empleadas esas coincidencias) la película que nos ocupa? La verdad, ciertos puntos en común existen, pero estamos muy lejos de una especie de Forrest Gump 2 y es un aspecto esencial lo que las diferencia: Mientras la película de Robert Zemeckis se centraba particularmente en definir al protagonista para canalizar la fascinación del público a través de él, en El curioso caso de Benjamin Button son las cosas que le pasan a él (pues Benjamin no es un personaje profundo, sino un enigma maravilloso) por donde se intenta llegar al lado sensible que todos tenemos. Este punto puede parecer irrelevante, pero es un aspecto que dificulta aún más la conexión emocional con la película y da mucho más merito a lo que Fincher consigue. A su vez, hay otro punto en el que coincide con no pocas películas, pero a mí me ha venido irremediablemente a la cabeza Los puentes de Madison: Toda la historia de Benjamin nos es a su vez contada por uno de los personajes de la película, es decir, una ficción dentro de la ficción, pero al contrario que en la notable película de Clint Eastwood aquí sí que se consigue una conexión con los personajes ajenos (en parte) a la historia central, ya que la forma de afectarlos realmente nos interesa (perdón por el lenguaje ambiguo, pero creo que la mayoría agradecerá la mayor ausencia posible de spoilers) y emociona.
A nivel de puesta en escena queda claro que el virtuosismo para el suspense de Fincher no tiene cabida en esta
película, pero no por ello su trabajo resulta menos destacable. En esta ocasión juega con un elemento mucho más peligroso: la necesidad de manipular las emociones del espectador (vale que ese sea el fin de casi cualquier película, pero en las escuetamente conocidas como películas para llorar es donde eso alcanza su mayor expresión). Fincher opta entonces por confiar en una conjunción de los diversos elementos (destacar tanto el aspecto visual como la excelente banda sonora de Alexandre Desplat, la cual potencia lo señalado sin caer en ñoñerías o subrayados excesivos) sacrificando su lucimiento personal, algo en lo que confiaba más en sus primeros trabajos. El resultado es un trabajo de dirección al que muchos acusarán de ser una traición a su propio estilo y demás salvajadas usando como base la poco estimulante teoría cahierista de los autores. Cierto, Fincher ha dirigido una película mucho más premiable, aparentemente más convencional y cuyo principal fin es emocionar al público (algo que para algunos parece sólo pueda lograrse con “estupendos” planos secuencia mostrando la nada), pero revisando punto por punto todos los aspectos que conforman la película no sólo no hay por donde destrozarla, sino que no queda otra que rendirse ante la magia lograda (el hombre de los rayos es la cosa más encantadora vista en ni sé cuánto tiempo por poner un ejemplo no demasiado revelador).
Interpretativamente hablando es Brad Pitt el que cuenta con un trabajo más difícil, ya que, como he apuntado, la película recorre todas las etapas de su vida, pero nunca llegamos a poder conocerle realmente. ¿Qué es Benjamin aparte de otra persona más que busca ser feliz pero cuya existencia está más saboteada que la de la mayoría? Puede llegar a parecer que su actuación va encaminada en demasía a mitificar a un personaje carente de rasgos negativos, pero es que su personaje es el reflejo de un ideal (¿Quién no preferiría gastar los futuros años de vejez cuando apenas es consciente de lo que hace o quiere?) que al cumplirse individualmente se vuelve una carga difícilmente soportable. Pitt consigue reflejar perfectamente todo eso apenas distanciándose de un tono monocorde en su actuación. Por ello, son las diferentes personas que aparecen a lo largo de su vida las que realmente ilustran lo que vemos. Ir una a una sería un tarea ardua, fútil y en exceso reveladora, por lo que me centraré en ciertos personajes eje. El más relevante
es el de Daisy, gran amor del protagonista. Cate Blanchett está especialmente acertada al reflejar los diversos estados de ánimo del mismo (y eso empezando a darle vida en su etapa de adolescente resulta particularmente complicado) completando la faceta sentimental de Benjamin. A nivel familiar tenemos a Taraji P. Henson como su madre adoptiva para inculcarle los valores tradicionales, aspectos religiosos incluidos sin llegar a resultar cargante (el protagonismo de otros habitantes del hogar de acogida ayudan a ello) y contando además con un acertado trabajo por parte de la actriz. Y en temas de amistad resulta encantadora la relación que une a Benjamin con Mike, el capitán del barco en el que entra a trabajar. Salvando las distancias encontramos nuevos ecos de Forrest Gump (la relación entre el protagonista y el teniente Dan, una de las pocas veces en la que han confiado a Gary Sinise un papel a la altura del talento que parece tener), pero en este caso se apuesta por una relación más idealizada (como viene a ser común en toda la película) y Jared Harris está estupendo en su faceta de borrachín encantador. No es por desdeñar el trabajo del resto del reparto (por ejemplo he obviado a Julia Ormond y Tilda Swinton cuando están estupendas), pero creo que con señalar que todos están a la altura es más que suficiente.
Podría seguir hablando largo y tendido de la película, pero prefiero desvelar los menos detalles posibles por mucha rabia que de quedarme con las ganas de comentar lo maravillosa que es esta escena o las lágrimas que logró sacarme esta otra (bueno, estas otras), pero sólo me queda decir que El curioso caso de Benjamin Button lo tendrá difícil para que no la consideré la mejor película cuando acabé el apenas iniciado 2009. Una película mágica y emocionante realzada por el portentoso trabajo de todos los implicados (si acaso la mayor pega que puedo poner es que el rejuvenecimiento facial de Cate Blanchett en sus primeras apariciones queda levemente irreal, pero nada más) y en especial de David Fincher, el cual consigue que una película de apariencia dudosa se convierta en otra joya más dentro de su filmografía. ¡Larga vida al maestro, mago y ya prácticamente Dios Fincher!


