Ángeles y demonios
Lo que tienen las modas es que provocan dos movimientos enfrentados. El dominante en el que todo el mundo se deja llevar por la misma y el minoritario que se dedica a rehuirla a toda costa, aunque lo que esté de moda sea algo que anteriormente les gustase. La verdad es que cuando esto afecta a temas tan irrelevantes como la ropa a vestir a mí me importa tres pimientos, pero cuando se adentra en el terreno de la cultura las cosas empiezan a cambiar. Dentro de esa linea he aquí que hace ya un buen puñado de años se puso de moda no el hecho de leer (un placer estúpidamente ignorado por demasiada gente), sino la lectura de El código Da Vinci. Era imposible salir a la calle y no encontrarse a alguien enfrascado en su lectura, incluso aquellos a los que jamás viste acercarse a un libro (ni tan siquiera para estudiar de cara a un examen). Era una plaga y tal éxito no podía pasar de largo de las mentes pensantes de Hollywood, con lo que la adaptación cinematográfica se aceleró y se estrenó con notable éxito de taquilla, pero quedándose muy lejos de saber captar los elementos que convertían a la novela de Dan Brown en un divertimento más o menos entretenido en función de lo dispuesto que se estuviese a pasar por alto sus múltiples licencias.
La cuestión es que el tiempo pasaba, la fiebre decrecía y por mucho que la nueva aventura de Robert Langdon ya haya sido anunciada esperar tanto no era algo aceptable, así que hubo que echar una mirada atrás para darse cuenta que ya había otro libro protagonizado por dicho personaje. Además era más entretenido (en subjetiva apreciación, pero no por ello deja de ser verdad), también tocaba un tema que fomenta la polémica religiosa (la elección de un nuevo Papa) y la cantidad de fans locos que se ofenden por cualquier alteración respecto al original (aunque eso muchas veces implique convertir la adaptación en un despropósito) era mucho menor. Por ello, la película de Ángeles y demonios finalmente fue aprobada con la necesaria promesa para el público de no repetir los errores cometidos en El código Da Vinci.
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Robert Langdon está haciendo natación para perder los kilos de más que tenía en El código Da Vinci cuando su presencia es reclamado en el Vaticano. El motivo de que el hombre que ha causado una especie de cataclismo en la iglesia católica y es considerado persona non grata es la persona a la que acuden es un misterio para mí (porque aunque las acciones de Ángeles y demonios son previas a las de El código Da Vinci en la novela, no sucede lo mismo en la versión cinematográfica). Lo sucedido es que el Papa ha muerto y los cuatro preferiti (los favoritos para ocupar el puesto) han sido secuestrados para ir siendo asesinados a uno por cada hora que pase (a partir de determinada hora, que esto no es 24 y de Usa a Italia no se llega en un viaje de avión de cinco minutos). Por si fuera poco también ha desaparecido una bomba que puede arrasar todo el Vaticano si la batería de la misma se acaba, lo cual curiosamente sucedería una hora después de haber eliminado al último de los preferiti. Todas las sospechas, secundadas por el camarlengo (administrador de los bienes de la Santa Sede y, sobre todo, principal enchufado del Papa), recaen sobre la orden de los illuminati, los cuales juraron venganza cuando fueron disueltos de forma violenta. La cuenta atrás empieza y Langdon habrá de emplearse a fondo para intentar localizar al peligroso asesino. Eso sí, esta vez no lo tendrá tan fácil para identificarlo, ya que no se trata un extraño monje albino con aspecto siniestro.
El desafío: Frost contra Nixon
Por mucho que uno quiera leer un libro, escuchar un cd o ver una película sin prejuicios de ningún sitio todos
tenemos a alguien cuyos trabajos anteriores nos gustan tan poco que eso es algo que resulta completamente imposible. Afortunadamente, a veces esos artistas de dudoso interés (vamos, que nos parecen una mierda) consiguen una conjunción astral favorable y nos ofrecen algo con lo que merece la pena emplear algo de nuestro tiempo. En las últimas dos semanas ha coincidido el estreno de dos películas de esos directores a los que aprecio precisamente no les tengo. La primera en llegar fue Resistencia, de la que ya os hablé en su momento (1) y que si bien no me gustó particularmente sí que resultaba al menos tolerable. Y la segunda, de la que os hablaré a continuación, es El desafío: Frost contra Nixon, el nuevo trabajo tras las cámaras de Ron Howard, responsable de películas que gozan de cierta buena consideración como la mediocre Cinderella Man o la pasable Una mente maravillosa, por no hablar de la “fabulosa” adaptación de El código Da Vinci. Podría seguir con el resto de la filmografía (excepción hecha de The paper (Detrás de la noticia), la única que me gusta), pero creo que ya queda claro lo que quiero decir. Por ello, la llegada de una nueva película suya no es algo que espere impaciente, ¿será El desafío: Frost contra Nixon una nueva excepción?
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El Intercambio: Segunda Opinión
Clint Eastwood 
J. Michael Stracynski
Angelina Jolie, John Malkovich, Jeffrey Donovan, Michael Kelly, Amy Ryan, Jason Butler Harner, Devon Conti, Gattlin Griffith, Eddie Alderson
Tom Stern
Joel Cox, Gary D. Roach
Clint Eastwood
James J. Murakami, Patrick M. Sullivan
Clint Eastwood, Brian Grazer, Ron Howard, Robert Lorenz
Geyer Kosinski, Tim Moore, Jim Whitaker
Imagina Entertainment, Malpaso Productions, Relativity Media
Universal
78 años es una edad en la que uno tendría que estarse bien sentadito en su sofá o su sillón, cerca de una buena chimenea y haciendo carantoñas a los nietos. Una edad en la que a uno apenas se le pasa por la cabeza una hazaña mayor que la de llegar al cuarto de baño antes de hacérselo encima o tratar de no quedarse dormido mientras lee una novela. A esa edad casi todos pensamos que estaríamos disfrutando de lo cosechado durante nuestra vida laboral. Más aún si nuestra cosecha económica ha sido como la del señor Eastwood. Pero por fortuna, este señor no piensa como nosotros y en el último lustro ha firmado al menos tres películas que para muchos se pueden tachar de obras maestras del cine contemporáneo.
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