Recuerdo que de niño contaba los días que faltaban para fin de
curso. Tras el último día de escuela volvía corriendo a casa, metía en
una mochila mis tebeos favoritos y esa pequeña libreta donde mis buenos
amigos del colegio me apuntaban sus direcciones al lado de emotivas
promesas de amistad eterna, y me sentaba en el sofá a esperar
impaciente a mis padres, que preparaban las maletas. Ya de noche,
cuando todo estaba listo, nos metíamos en el coche y partíamos a Torre
del Mar, dejando atrás el centro de Málaga. Mi hermana y yo pasábamos
todo el viaje inventando cancioncillas tontas y contemplando el costero
paisaje que nos brindaba la carretera antigua. Por fin, tras una hora
que siempre se me hacía interminable, aparcábamos el coche en el Paseo
de Larios y subíamos las cosas al apartamento. Yo me dejaba embriagar
por la brisa nocturna, esa brisa cálida que huele a arena húmeda y a
fuego, esa brisa que es la caricia del mar. Por fin de vuelta, me
decía. El mar siempre fue más mi hogar que la tierra. Tenía la
sensación de que el verano no acabaría nunca; pero septiembre siempre
llegaba y regresábamos a Málaga por la carretera antigua, y mi hermana
y yo guardábamos silencio y contemplábamos la mar revuelta a través de
una ventana salpicada de lluvia. Qué lento parece pasar el tiempo
cuando eres niño; y un buen día te miras al espejo y tienes treinta
años y un montón de canas y tienes que bajar a la playa a buscar tus
recuerdos.
Frente al mar jugué con mi hermana hasta caer exhausto; frente al
mar lloré de risa en compañía de mis mejores amigos. A orillas del
Mediterráneo, una noche de San Juan, me besé apasionadamente con una
mujercita que se me llevó la virginidad y a la que no volví a ver
nunca. En un mar negro pintado de estrellas me bañé desnudo con aquella
rubia belga a la que tanto quise; ella me abrazó y me susurró al oído
un te quiero dulce y salado que me caló hasta lo más hondo.
El mar también me ha visto llorar. Aquella tarde en que supe que había
dejado de ser niño bajé a la playa, me senté en la orilla y me aferré
con fuerza a la arena, pero la infancia se me escurrió por entre los
dedos y me arrancó dos lágrimas amargas que se llevaron las olas. Cada
vez que la vida me ha roto en pedazos he ido a esconderme al Puerto de
La Caleta. Allí, en mi rincón del mundo, he pasado largas tardes viendo
partir a los pesqueros con su estela dorada y su corte de gaviotas,
buscando respuestas en el horizonte. El mar me ha enseñado que siempre
viene la calma tras las tormentas de la vida; que siempre hay otro
verano, otro atardecer, otro barco, otro amor. También recuerdo que una
vez el mar, enfadado, estuvo a punto de matarme. Pero lo perdoné,
porque al mar, como a todo lo que se ama profundamente, se le perdona
todo.
Ahora vivo muy lejos y aquí casi siempre es septiembre. Ya no hay
mar detrás de mi ventana salpicada de lluvia, y los atardeceres ya no
huelen a hogueras lejanas. Soy feliz, pero hay veces en que el mar me
duele, y el alma se me revuelve y se me ahoga como un pez fuera del
agua. Entonces solo quiero volver, pero la vida aún no me deja. Quizás
aún falten muchos años o quizás no suceda nunca. Por si acaso he dejado
escrito que, cuando muera, quiero que me incineren y que arrojen mis
cenizas al Puerto de la Caleta. Me gusta pensar que algún pesquero se
llevará mi alma enredada en su estela dorada, y que las gaviotas me
acompañarán mar adentro, a reencontrarme con mis pedazos rotos, con mis
lágrimas, con esos amores a los que no volví a ver nunca, con todos
esos compañeros que un día me juraron amistad eterna. Volveré entonces
a ser niño y jugaré con mi hermana hasta caer exhausto, lloraré de risa
con mis mejores amigos, y siempre será verano y ya no me dolerá el mar.
Por | Alfredo de Hoces
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